Texto completo del discurso de apertura pronunciado por el presidente de la CISAC, Björn Ulvaeus, en la Asamblea General de la CISAC de 2026

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En la apertura de la Asamblea General 2026 de la CISAC en París, el Presidente de la CISAC y cofundador de ABBA, Björn Ulvaeus, pronunció un discurso sobre el futuro de la creatividad humana en la era de la inteligencia artificial.

Vea aquí la grabación completa de su intervención.

A continuación, se reproduce el texto íntegro del discurso de Björn Ulvaeus.

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Buenos días a todos y a todas. 

Hoy es un día importante y vivimos tiempos trascendentales.

Quisiera comenzar esta intervención con una gran pregunta. Una pregunta filosófica que, creo, resultará fundamental para las organizaciones que representamos. Pero también una pregunta a la que, si somos honestos, ninguno de nosotros puede responder con absoluta certeza. 

¿Importa el origen del arte? 

Si una pieza musical te conmueve de verdad, si despierta una emoción profunda en tu interior, ¿importa que haya sido creada o no por un ser humano?

Si cierras los ojos y algo resuena dentro de ti, un eco de tristeza, alegría o añoranza, y más tarde descubres que fue ensamblado por una máquina, ¿cambia eso lo que has sentido? ¿Anula esa experiencia? 

Durante un tiempo pensé que la respuesta a estas preguntas era evidente: sí, por supuesto. 

Hoy ya no estoy tan seguro. Y creo que debemos reconocer honestamente esa incertidumbre, en lugar de seguir debatiendo como si no existiera. 

Quiero ser honesto desde el principio: utilizo la IA en mi propio proceso de composición y creo que es una herramienta extraordinaria. Una herramienta que abre nuevas posibilidades, que me permite explorar ideas con mayor rapidez y que, en muchos aspectos, puede convertirse en una auténtica colaboradora en el proceso de creación. 

No estoy aquí para rechazar la tecnología. Estoy aquí porque debemos comprender con claridad a qué nos enfrentamos realmente. 

En Davos, el pasado mes de enero, el historiador Yuval Noah Harari dijo algo que me impresionó profundamente. Afirmó que la IA terminaría superándolo. Y que lo superaría precisamente en aquello a lo que ha dedicado toda su vida: dar forma a las palabras. 

Es escritor y conferenciante; trabajar con las palabras es su oficio. Y la IA acabará superándolo en ese terreno. No sabe si ocurrirá dentro de dos años o dentro de diez, pero está convencido de que ocurrirá. 

Su razonamiento parte de una cuestión estructural. Si gran parte del pensamiento humano se articula a través del lenguaje, entonces la IA ya supera a muchas personas en ese ámbito. Y eso significa que la IA asumirá cada vez más tareas vinculadas al lenguaje. 

La idea que plantea es contundente.

«Que los seres humanos mantengamos nuestro lugar en ese mundo dependerá de la importancia que concedamos a nuestras emociones no verbales y a nuestra capacidad de encarnar una forma de sabiduría que no puede expresarse con palabras.

Si seguimos definiéndonos únicamente por nuestra capacidad de pensar a través del lenguaje, nuestra identidad empezará a desdibujarse. 

Y eso resulta inquietante, porque el lenguaje constituye la base misma de nuestro trabajo. 

Las canciones se conciben a partir del lenguaje, igual que las historias. Las formas de arte que la mayoría de las personas presentes en esta sala han dedicado su vida a crear y proteger se sustentan en las palabras y en los espacios que existen entre ellas. 

Pero las canciones no son solo palabras. También son música. 

Entonces, ¿qué es exactamente la música? ¿Es un lenguaje? Y si lo es —o si no lo es—, ¿qué implica eso? 

Resulta que esta es una de las cuestiones más antiguas y debatidas de la filosofía y la neurociencia. Y la respuesta es la siguiente: la música es ambas cosas y ninguna de las dos, y esa ambigüedad es precisamente el núcleo de la cuestión.

La música tiene estructura. Tiene patrones y reglas que un oído entrenado puede reconocer, del mismo modo que reconocemos la gramática de una lengua. En ese sentido, existe un claro paralelismo entre la música y el lenguaje. Y es precisamente ese aspecto el que la IA ya domina. 

Pero la música no es solo cuestión de estructura. 

Como señala Steven Pinker, aunque la música comparte con el lenguaje determinadas características estructurales, carece de su semántica.  No puede transmitir por sí sola un significado específico. Una frase te comunica una idea. Una melodía te hace sentir algo, pero no te dice qué debes sentir ni por qué lo sientes.

Así pues, como sostiene Harari, el último bastión humano, el territorio que la IA no puede colonizar por completo, reside en las emociones no verbales y en la experiencia vivida. Y resulta que la música se encuentra precisamente en esa frontera.

No pertenece por completo al lenguaje, pero tampoco está completamente fuera de él. Se sitúa en ese espacio intermedio. 

Un territorio genuinamente humano, ¡por fin! O al menos eso nos gustaría pensar…

Pero debo ser sincero con ustedes acerca de una idea incómoda. 

La máquina ya se está adentrando en ese espacio. Ya sabe cómo manipular nuestras emociones. 

Un estudio reciente reveló que la música generada por IA provocaba respuestas emocionales más intensas que la música compuesta por seres humanos. Los participantes afirmaron que la música generada por IA resultaba más estimulante, aunque la creada por humanos les parecía más familiar. 

¡Más estimulante! 

En una prueba a ciegas, la máquina se impuso precisamente en el terreno —el impacto emocional— que creíamos exclusivamente nuestro.

Entonces, si la creatividad humana no se define por una calidad superior, ni por una mayor capacidad de conmover, ni siquiera por la originalidad —porque la máquina también puede competir con nosotros en ese ámbito—, ¿qué nos queda? 

Creo que la respuesta es la siguiente: 

La creatividad humana no es solo una forma de expresión. Es un testimonio. El reflejo de una vida. 

Quien escribe una canción sobre el duelo ha conocido el duelo. Quien escribe sobre el amor ha amado y, muy probablemente, también ha perdido a alguien que amaba. Una canción no es simplemente un producto. Una canción no es simplemente un producto. Es una evidencia. La evidencia de que algo le ocurrió a una persona real; de que amó, sufrió o disfrutó, y encontró la manera de compartir esa experiencia con los demás. 

Eso es lo que el arte siempre ha sido. No algo puramente decorativo, sino un testimonio. 

Harari expresa esta idea con una precisión casi inquietante. Recurre a la antigua oposición entre la palabra y la carne, entre aquello que puede expresarse mediante el lenguaje y aquello que va más allá de las palabras. 

La IA puede leer todos los poemas escritos a lo largo de la historia y describir el amor con más elocuencia que cualquier poeta. Pero seguirán siendo solo palabras. 

Es el mapa, no el territorio. El símbolo, no la cosa en sí.

Solo podemos esperar que los seres humanos sigan interesándose por el territorio, incluso si el mapa llegara a ser extraordinariamente bello. 

Y si creemos en ello, como yo creo, entonces deja de ser una mera cuestión filosófica. Se convierte también en una cuestión política y jurídica. 

Porque estas convicciones no se traducen por sí solas en la realidad.  Necesitan una estructura. Necesitan el derecho. 
Y si hablamos de testimonio, también debemos hablar de testigos. Y los testigos necesitan protección. En este ámbito, las noticias son ambivalentes. 

En marzo, el Gobierno británico abandonó su propuesta de obligar a los creadores a manifestar expresamente su oposición al uso de sus obras por los sistemas de IA mediante un mecanismo de exclusión voluntaria (opt-out), tras la firme oposición de todo el sector creativo. 

Fue una auténtica victoria para quienes comprendieron lo que estaba en juego y decidieron alzar la voz. 

El 31 de julio, el Tribunal de Múnich se pronunciará en el caso que enfrenta a la GEMA y Suno, una decisión que constituirá la primera gran prueba en Europa para determinar si el entrenamiento de sistemas de IA generativa con música protegida por derechos de autor vulnera o no la legislación vigente. 

Y este verano, un Tribunal de Massachusetts deberá decidir si el uso de música por parte de Suno puede acogerse al principio de fair use. Si Suno gana, todos los acuerdos de licencia suscritos en el ámbito de la música generada mediante la IA perderán su viabilidad. Si pierde, las licencias pasarán a ser la norma. 

Ahora mismo nos encontramos ante una encrucijada histórica. 

Y así vuelvo a mi pregunta inicial. ¿Importa el origen del arte? 

Yo creo que sí. 

No porque los seres humanos seamos capaces de ordenar los sonidos de una forma más inteligente, sino porque los ordenamos desde la experiencia vivida: porque hemos sentido miedo, porque hemos amado, porque hemos perdido a personas que amábamos, porque nos hemos enfrentado a lo inexplicable y hemos tratado de encontrar las palabras, las notas o los silencios capaces de darle sentido.

De todas las formas de arte, la música es quizá la que más se acerca a esa experiencia. Se remonta a un tiempo anterior al lenguaje, a una parte de nosotros que ya se conmovía antes incluso de que tuviéramos palabras para expresarlo. 

Ese es el milagro que obra la música. Y eso es precisamente lo que la máquina no posee. 

La máquina no se juega nada en la respuesta a la pregunta con la que comencé. No tiene nada que perder ni nada que ganar. No permanece despierta en mitad de la noche preguntándose si realmente importa. 

No llorará si la respuesta acaba siendo negativa. 

Si dejamos de reconocer el valor de la huella humana detrás de una obra. Si el origen deja de importar...

Yo sí lloraría. Todos lloraríamos.

Y creo que es precisamente ahí donde nuestro argumento cobra todo su sentido. 

Desde hace un siglo, personas como las que hoy nos reunimos aquí hemos defendido con firmeza —tanto en el plano jurídico como en la práctica— que detrás de cada obra hay una persona real, identificable y merecedora de reconocimiento y remuneración. 

Nunca ha sido tan importante como ahora insistir sobre este principio. Y nunca dicha insistencia se había enfrentado a un desafío tan grande. 

Lo que hagamos en los próximos años determinará si, cuando la situación se estabilice, seguirá existiendo un ecosistema en el que los creadores humanos puedan seguir creando, ganarse la vida y transmitir una parte de sí mismos a las generaciones futuras, ya sea colaborando con la IA o no. 

Esa es nuestra misión. 

Siempre lo ha sido. 

¡Feliz centenario, CISAC! 

Gracias.