Texto completo del discurso de apertura pronunciado por el director general de la CISAC, Gadi Oron, en la Asamblea General de la CISAC de 2026
Durante la Asamblea General del Centenario de la CISAC, celebrada en París, el Director General Gadi Oron se dirigió a delegados de todo el mundo. A continuación se reproduce el texto íntegro de su discurso.
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Señoras y señores,
Distinguidos invitados,
Queridos colegas y amigos,
Es para mí un gran placer y un verdadero honor acompañarlos hoy en la celebración de una fecha histórica: los cien años de la CISAC.
Y hacerlo precisamente aquí, en París, la ciudad donde todo comenzó aquel 13 de junio de 1926.
Introducción
Quisiera comenzar contándoles una historia.
Una historia que fue evocada durante el primer congreso de la CISAC, en 1926.
La contó el dramaturgo francés Robert de Flers, uno de los cuatro cofundadores de la CISAC.
Unos años antes de la creación de la Confederación, De Flers se dirigía a pie al teatro, aquí, en París.
Mientras caminaba por la calle, se cruzó con una mujer delgada, visiblemente desesperada, que sostenía a su hijo en brazos.
Cuando le preguntó qué podía hacer para ayudarla, ella respondió: «Nada».
«Pero su hijo parece estar sufriendo», insistió De Flers.
«Sí», respondió ella. «Los dos tenemos hambre».
De Flers volvió a ofrecerle su ayuda.
Entonces la mujer le dijo:
«Vivo en la pobreza y, sin embargo, soy descendiente de Jean Racine».
Jean Racine es, sin duda, junto a Molière y Corneille, uno de los grandes dramaturgos franceses del siglo XVII.
Esta historia no solo se contó en la primera Asamblea de la CISAC.
También volvió a recordarse aquí mismo, en París, en 1976, con motivo del 50º aniversario de la organización.
Puede parecer una historia excesivamente sentimental, pero nos recuerda la precariedad económica que históricamente han padecido los creadores y sus familias.
Y eso lo dice todo sobre la razón por la que estamos aquí.
Nos recuerda la importancia de proteger a los creadores y el papel fundamental que desempeña la gestión colectiva en esa misión.
Y nos ayuda a comprender el contexto que dio origen, hace exactamente cien años, a la primera organización internacional creada para defender los derechos de los creadores.
En el siglo transcurrido desde entonces, el mundo ha cambiado de formas que los fundadores de la CISAC difícilmente habrían podido imaginar.
Los creadores han tenido que encontrar nuevas formas de crear, expresarse y conectar con su público.
Y las sociedades de gestión han debido adaptarse constantemente a la evolución de los mercados y al avance de las nuevas tecnologías.
Pero hay dos cosas que no han cambiado.
La primera es que ni las transformaciones del mercado ni los avances tecnológicos han alterado la convicción profunda de que la gestión colectiva sigue desempeñando un papel esencial.
La segunda es que los desafíos a los que se enfrentan hoy los creadores son sorprendentemente parecidos a los que afrontaron los fundadores de nuestra Confederación en 1926.
Nuestra historia
Hoy, igual que en los orígenes de la CISAC, la lucha por una remuneración justa enfrenta a los creadores con algunas de las entidades empresariales más poderosas del mundo.
Empresas que obtienen beneficios gracias a las obras creativas, pero que se resisten a pagar por utilizarlas.
Seguramente todos conocen el célebre episodio que tuvo lugar muy cerca de aquí, cuando el compositor francés Ernest Bourget reclamó al Café des Ambassadeurs una remuneración por interpretar su música.
Ante la negativa de los propietarios del establecimiento, llevó el caso ante los tribunales.
Y ganó.
Y aquella victoria dio lugar a la creación de la SACEM, la primera sociedad de gestión colectiva de derechos musicales del mundo…
Ese café se encontraba a apenas unos pasos de aquí.
Y muy cerca de aquí se encuentra también el Hôtel Salomon de Rothschild, donde los representantes de 18 sociedades se reunieron para debatir cómo cooperar entre sí y acabaron dando vida a la CISAC.
Aquella reunión de junio de 1926 se celebró por iniciativa de la SACD, la primera sociedad de autores de la historia, fundada por Beaumarchais aquí mismo, en París, en 1777.
La convicción que unió a las 18 sociedades fundadoras de la CISAC era simple: la creatividad no conoce fronteras y los creadores merecen ser protegidos allí donde se encuentren.
Por ello decidieron crear una nueva entidad, una Confederación, que les permitiera coordinar sus esfuerzos y actuar de forma conjunta.
Y el resto, como suele decirse, es historia.
Crecimiento y expansión
Desde sus modestos orígenes, la CISAC ha experimentado un crecimiento extraordinario.
La organización fue más allá de sus raíces europeas para extenderse a América del Norte.
Posteriormente continuó su expansión hacia América Latina, donde celebró en 1948, en Buenos Aires, su primer congreso fuera del hemisferio norte.
Aquel encuentro fue inaugurado nada menos que por Juan Perón, el carismático presidente argentino, en un discurso que reflejaba una visión de futuro.
Con el tiempo, la CISAC también amplió su presencia en África y Asia.
Lo que comenzó siendo una pequeña alianza de sociedades se transformó en una auténtica red mundial que reúne a más de 220 entidades en más de cien países.
Y ese crecimiento no fue únicamente geográfico.
La CISAC amplió su ámbito de actuación más allá de las artes dramáticas y la música para incorporar las obras audiovisuales, la literatura y las artes visuales.
Pasó de desempeñar una simple función de coordinación a establecer normas y buenas prácticas de alcance internacional.
Aprendió a dominar las herramientas tecnológicas, los datos y los sistemas de identificación.
Y se convirtió en una voz influyente en la defensa de los derechos de los creadores, con capacidad para actuar y ejercer influencia en los ámbitos internacional, regional y nacional.
Nuestra historia nos deja una enseñanza fundamental: los desafíos a los que se enfrentan hoy los creadores no son nuevos.
Son, en esencia, los mismos que afrontaron nuestros predecesores con la llegada de cada nueva tecnología.
Lecciones del pasado y paralelismos con el presente
Durante aquel primer congreso de 1926, uno de los cofundadores de la CISAC, Robert de Flers, puso el foco en esos «intermediarios» que intentan controlar los contenidos, imponer sus condiciones y privar a los creadores de los ingresos que les corresponden.
En aquella época, esos intermediarios eran los propietarios de los teatros.
Hoy podría estar hablando de las plataformas de streaming, las redes sociales, las casas de subastas o las empresas de IA.
Un año más tarde, en 1927, se estrenó El cantante de jazz.
Fue la primera película de la historia en sincronizar la voz humana con los movimientos de los labios de actores y cantantes.
Los estudios cinematográficos pronto argumentaron que los compositores no tenían derecho a recibir ninguna remuneración por derechos de autor, ya que la película constituía una nueva obra original.
Sostenían que, una vez incorporada a una película, la música perdía sus derechos propios.
Casi un siglo después del estreno de aquella película, volvemos a escuchar ese mismo argumento, aunque esta vez por parte de las empresas de IA.
Sostienen que no deben pagarse derechos por el uso de obras creativas, ya que el resultado que generan es «transformativo».
Al igual que las compañías cinematográficas de finales de la década de 1920, las empresas de IA afirman haber creado algo nuevo.
Quieren utilizar las obras creativas.
Pero no quieren pagar por ello.
Quieren obtener beneficios gracias a las creaciones humanas...
...pero pretenden quedárselos íntegramente.
La historia nos recuerda que este escenario ya se ha repetido muchas veces.
Y la historia también nos enseña que la perseverancia —y una movilización colectiva firme y decidida— siempre acaba prevaleciendo.
Logros que celebrar
Al conmemorar hoy nuestros cien años de historia, no faltan motivos para sentirnos orgullosos de lo que hemos logrado.
El primero es nuestra red mundial.
La existencia misma de una red verdaderamente global, capaz de conectar sociedades de gestión más allá de las fronteras geográficas y de los distintos repertorios.
El segundo es la profesionalización de la gestión colectiva.
Hemos logrado profesionalizar este sector mediante la adopción de normas de gobernanza, estándares comunes y herramientas tecnológicas compartidas.
El tercer motivo de celebración es el impacto de nuestra actividad de representación y defensa de intereses.
La CISAC ha instaurado un diálogo permanente con responsables políticos nacionales, instituciones multilaterales y órganos de decisión de todo el mundo.
Y esa labor comenzó prácticamente desde su segundo día de existencia, cuando los fundadores de la Confederación fueron recibidos en el Palacio del Elíseo por Aristide Briand, entonces presidente de Francia.
Desde hace un siglo, seguimos desempeñando esta labor con el mismo espíritu.
Durante todo este tiempo, no hemos dejado de reunirnos con presidentes, primeros ministros y muchos otros líderes políticos y responsables de la toma de decisiones.
Y hemos situado a los creadores —nuestra razón de ser— en el centro de todos nuestros esfuerzos de lobbying.
Y es eso lo que ha dado a nuestro mensaje una verdadera capacidad de influencia.
Pero más allá de estos logros, existe una misión aún más profunda que nos guía.
Desde hace cien años, la CISAC recuerda al mundo que la cultura no es un lujo.
Es uno de los pilares de nuestras sociedades. El corazón de nuestra identidad.
Y detrás de cada canción, cada película, cada pintura y cada libro hay un creador para quien poder vivir de su trabajo es fundamental.
Pero un centenario no es solo una oportunidad para mirar atrás. También es un espejo y una brújula.
Pensando en los próximos cien años
¿Cómo serán los próximos cien años?
Creo que nos esperan una serie de tareas clave y misiones importantes para nuestra comunidad.
Tendremos que seguir cerrando la brecha entre explotación y remuneración.
Aunque las formas de creación y consumo sigan evolucionando, la cuestión de fondo seguirá siendo la misma: cómo garantizar una remuneración justa para los creadores.
Estoy convencido de que uno de los papeles clave de la CISAC será seguir defendiendo marcos normativos que protejan los derechos de los autores, en lugar de debilitarlos.
Tendremos que seguir mejorando la calidad de los metadatos, de los intercambios de datos y la transparencia.
Los próximos cien años estarán marcados por una aceleración de la revolución digital y, posiblemente, por la aparición de nuevas formas de creación interactiva e inmersiva basadas en la inteligencia artificial.
Si queremos que los derechos de los creadores se apliquen de forma efectiva y se traduzcan en ingresos para sus titulares, tendremos que seguir mejorando la calidad de los datos relativos a los derechos y a los usos de las obras.
Gracias a su alcance mundial, la CISAC se encuentra en una posición privilegiada para impulsar nuevos estándares de identificación de obras e intercambio de datos más allá de las fronteras y de los medios utilizados.
También tendremos que apoyar a los creadores en los mercados y repertorios emergentes.
Todavía hay numerosas regiones del mundo que no están plenamente representadas en el ecosistema global de derechos.
Y en repertorios como las artes visuales y el audiovisual, ciertos derechos fundamentales aún carecen de reconocimiento o de una aplicación efectiva en algunos países.
Debemos seguir reforzando los marcos legislativos nacionales y las capacidades de gestión colectiva para garantizar que todos los creadores tengan cabida en nuestra red mundial de protección de derechos.
También tendremos que seguir promoviendo la diversidad cultural y dando voz a los creadores.
Siempre hemos defendido la pluralidad. Pero en la era de las plataformas globales, las identidades culturales locales y las voces singulares corren el riesgo de quedar al margen.
Uno de nuestros principales cometidos será seguir defendiendo el valor de la diversidad cultural y garantizar que los creadores de todos los orígenes y de todos los rincones del mundo cuenten con una protección efectiva.
Y, por último, tendremos que adaptarnos a las nuevas formas de creación.
Es probable que el propio concepto de «autor» evolucione a lo largo del próximo siglo, a medida que se desarrollen la creación colaborativa, la cocreación con la IA, las obras multimedia y otras formas de expresión que hoy ni siquiera somos capaces de imaginar.
Es difícil prever lo que nos deparará el futuro. Pero, para seguir teniendo relevancia, nuestra comunidad tendrá que aceptar el cambio, actuar con flexibilidad y dinamismo, y estar preparada para adaptarse y responder a las nuevas realidades del mercado.
Conclusión
Concluiré diciendo que, cien años después de su creación, la CISAC sigue siendo la prueba de lo que pueden lograr la visión colectiva y la solidaridad.
De tan solo dieciocho sociedades en 1926 a cientos en la actualidad...
De un pequeño grupo de visionarios a una comunidad que trasciende continentes, culturas y generaciones.
De licencias estrictamente locales a una infraestructura de alcance mundial.
Y de una simple idea a una organización influyente que defiende a los creadores en todo el mundo.
Nuestro recorrido es una fuente de inspiración.
Y al adentrarnos en nuestro segundo siglo de existencia, recordemos una verdad fundamental:
el futuro de la creatividad no será dictado por algoritmos.
Ni escrito por máquinas que reciclan obras ya existentes.
Será escrito por creadores humanos.
Y juntos tenemos la responsabilidad de garantizar que sus voces, sus derechos y su creatividad sigan moldeando nuestro mundo durante los próximos cien años.
Gracias.